Desencuentro e hibridación: filosofía, escepticismo y sofística

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Por Cristian Sapienza

Si las redes sociales implican una ventaja respecto a las plataformas de difusión de información masivas que las preceden, es la de tener acceso a un cúmulo de opiniones de académicos sobre temas de actualidad que antaño nunca hubieran visto la luz; o fueran reservadas a esporádicas apariciones en algún programa de TV o radio de horario marginal; o plasmadas en un lenguaje críptico en artículos académicos de difícil acceso. En este contexto, la realización de una doxografía de las social media nos permite constatar a gran escala algunos prejuicios epistemológicos que estos académicos sostienen, pero que la filosofía ya ha comenzado a denunciar hace por lo menos cuatro siglos. Me refiero a la persistente necesidad que la filosofía ha tenido por desmarcarse de dos corrientes de pensamiento que la acompañaron desde sus inicios y fueron rápidamente juzgadas como amenazas insalvables a sus objetivos: el escepticismo y los sofistas.

Como sabemos todos, el propósito de la filosofía se cifra en la ya célebre “búsqueda de la verdad”, siendo ésta definida como la relación de correspondencia de las proposiciones con la realidad. El supuesto que afirma que “las cosas pueden conocerse en sí mismas” fue el punto de partida innegociable por el cual la filosofía cursó su camino, desde sus inicios en la grecia clásica, sirviéndose de las formas inmutables platónicas, hasta las gigantomaquias escolásticas del medioevo, representadas en su forma más acabada en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. De este camino fueron apartados, regular y sistemáticamente -de forma a menudo violenta- los escépticos, cuyos presupuestos obligaban a rechazar cualquier tipo de acceso a la realidad en favor de la ubicuidad de la apariencia que, en su fragilidad e inestabilidad, impedía el establecimiento de ninguna clase de conocimiento; y los sofistas, que propugnaban un relativismo sintetizado magistralmente en la máxima protagórica por la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”, mostrando la irrelevancia de cualquier concepción de la realidad o expectativa de verdad, en favor de ciertos artilugios retóricos diseñados específicamente para la lograr la persuasión del otro.

Estas tres sensibilidades siguieron su camino por separado, en mayor o menor confrontación, hasta que, por motivos histórico-políticos que no vienen al caso, comenzaron un proceso de fusión o integración que continúa hasta nuestros días. La obra fundacional de la filosofía moderna comienza con una actitud escéptico-filosófica, la duda cartesiana, que en un movimiento de síntesis encomiable, procede tanto de forma escéptica, bajo la forma de un cuestionamiento radical a todo conocimiento adquirido o instituido, como filosófica, puesto que el proceder metódico de la duda le permite, tras una serie de operaciones conceptuales dirigidas, establecer conocimiento. Esta integración de la filosofía con el escepticismo será radicalizada en la obra que culmina la filosofía moderna un siglo y medio después, en la que Kant declara que el conocimiento solo puede establecerse sobre la presencia fenoménica de las cosas, mientras que la cosa en sí misma permanece irremediablemente incognoscible.

Aproximadamente un siglo después de que Kant presentara su obra magna, otro filósofo prusiano comenzaba la segunda gran hibridación de la tradición filosófica: «No hay hechos, solo interpretaciones» y «voluntad de poder» son conceptos que han alcanzado una popularidad tal que suelen ser escindidos de su autor, destino similar al experimentado por la máxima protagórica. Pero al status impersonal de estas máximas debe reconocerse, además, una similitud conceptual; es que el perspectivismo nietzscheano introduce finalmente la sofística en la filosofía, pero sin renunciar a la pretensión genuinamente filosófica de trazar una antropología que muestre la tendencia general del ser humano a la relativización de los valores, a la confusión de su voluntad de poder, de dominio, de expansión, de ocupación, en una pretendida “voluntad de verdad”, es decir, al uso de las formas inmutables y su declamado valor epistémico como herramienta de manipulación de sociedades sedientas de absolutos.

En su largo recorrido, la filosofía supo aprender que no se debe filosofar huyendo de nada, sino que el filósofo debe seguir el hilo de sus propios argumentos; y si la búsqueda de la verdad nos enfrenta con el carácter problemático de la relatividad de los valores y la imposibilidad de establecer conocimiento sobre las cosas en sí mismas, no deberíamos huir espantados por lo amargo y desconsolado de estas afirmaciones. Es preciso poder asumirlas para enfrentar sus consecuencias de forma inteligente y astuta.

Lamentablemente, buena parte de los opinadores de redes sociales provenientes de recintos académicos no da cuenta de esta implicación entre filosofía, escepticismo y sofística, y cae en actitudes que oscilan entre lo patético y lo ingenuo: historiadores que acusan a colegas de “tergiversar el pasado”, o “faltarle el respeto a la historia”, como si el asunto de narrarla pudiera reducirse a la búsqueda de un absoluto perdido en el tiempo; abogados que vociferan en contra de la “interpretación del derecho”, como si fuera posible no tener que interpretarlo en relación a la especificidad de los hechos, en favor de una supuesta “aplicación del derecho”, concibiendo la ley a la manera de una forma platónica solo accesible a los iluminados y vedada para los perversos; marxistas que aducen poseer la clave de una “comprensión científica de la realidad”, como si la totalidad de la experiencia pudiera reducirse a un conjunto particular de cálculos, mediciones económicas, categorías antropológicas y determinaciones morales que por su lucidez inhabilitarían, decidida y de una vez por todas, la posibilidad de pensar en cualquier otra dirección; y todo el resto indiferenciado que no pierde oportunidad de mostrar sus acreditaciones académicas para acusar al otro de instalar con su presencia el mal en el mundo, completamente ciego al carácter estructural del malestar de una criatura que no solo padece los desequilibrios de una persecución incansable de la verdad, sino que lo hace en una situación desfavorable: rodeado de apariencias y afectado por la multiplicidad irreductible de evaluaciones contrapuestas del mundo.

Ante la peculiaridad de esta circunstancia, se impone la necesidad de una anécdota. Pocos años antes de que el filósofo francés instalara la duda en el corazón de la filosofía, su par inglés, Francis Bacon, anunció al mundo que el insignificante progreso científico dado hasta el momento se debía a una propensión de la mente humana a “saltarse” las instancias intermedias que van desde el establecimiento de las premisas de nuestros razonamientos hasta su conclusión, dando como resultado conocimientos poco confiables e inútiles. Era necesario, pues, establecer correctivos al proceder natural de la mente humana, bajo la forma de lo que ahora denominaríamos como método científico. El apabullante progreso científico-técnico sucedido desde entonces le dio a este filósofo la razón.

Sin ceder al optimismo que resultaría de una extrapolación apresurada, el ejemplo anterior puede servir como criterio regulativo de la discusión filosófica -y, en definitiva, de cualquier tipo de discusión. De hecho, la externalización de lo negativo, bajo la forma de agresiones de todo tipo y el desplazamiento del propio malestar a través de la construcción del otro como enemigo, halla su génesis -al menos en parte-, en la incapacidad del ser humano de asumir la cuota de escepticismo y sofística inherente a sus producciones intelectuales.

Aunque la sugerencia parece titánica, los resultados de su potencial reconocimiento son todavía incalculables. Por lo pronto, no es exagerado dar un pronóstico mínimo: si la procesión de académicos que habita las redes sociales dejara de omitir de su formación 2500 años de la tradición del pensamiento de la cual surgen todas las demás, quizás nos ahorraríamos, cuanto menos, algunas polémicas inútiles y demostraciones patéticas.

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