Cioran: pesimismo y redención

Por Cristian Sapienza

cioran y redención
Emil Cioran

Introducción

Todos los seres humanos tienen el mismo defecto: esperan vivir en lugar de vivir realmente, pues no tienen el valor de afrontar cada segundo. ¿Por qué no desplegar en cada instante suficiente pasión y ardor para convertirlo todo en una eternidad? Sólo aprendemos a vivir, todos, en el momento en que ya no esperamos nada, pues no se habita un presente concreto y vivo, sino un futuro lejano e insípido. No deberíamos esperar nada, salvo las sugestiones inmediatas del instante, esperar sin la conciencia del tiempo. Fuera de lo inmediato, la salvación es imposible. Porque el ser humano es una criatura que ha perdido lo inmediato. De ahí que sea un animal indirecto.

Hay mucho para decir sobre este pasaje, pero en primer lugar querría traer la cuestión de la redención en Cioran. Lo redentorio en las filosofías pesimistas es una temática que se mantiene constante, fuente de acusaciones cruzadas entre autores y lectores siempre dispuestos a identificar el elemento que hace a estos sistemas filosóficos menos asfixiantes y sombríos de lo que deberían ser.

Provisoriamente podemos definir a las filosofías pesimistas como aquellas que ubican en el centro de sus reflexiones el dolor, el tedio, el desengaño y otros elementos negativos afines. De esta forma, describen y evalúan al existente humano y su mundo como ontológica, cuantitativa o cualitativamente negativo. A su vez, defino lo ‘negativo’ como todo aquello que niega la vida, mientras que lo ‘positivo’ es lo que la afirma. En las filosofías pesimistas podría identificarse sin mayores discusiones un predominio de lo ‘negativo’ por sobre lo ‘positivo’, sea en términos descriptivos o prescriptivos.

Huirle a la redención

La figura de lo redentorio es aquella a la que recurren algunos autores pesimistas para “abrir espacios”, “liberarse”, o simplemente hallar consuelo frente a un mundo que se les revela como atroz. Así es como Cioran elogia al poeta persa y pesimista del s.XI Omar Jayyam, pero a la vez lo critica por la utilización de la figura del vino como elemento redentorio. En este mismo sentido, lo redentorio en Schopenhauer se muestra en la conclusión de su ética, en el modo de la negación de la voluntad de vivir; y en la filosofía de Mainlander se distingue en la profecía de la aniquilación voluntaria de la humanidad.

El caso de Cioran parecería ser el de aquellos autores que no postulan ningún tipo de redención, al menos desde una evaluación preliminar. El filósofo pesimista y autor del prólogo de la edición en inglés del Précis de décomposition, Eugene Thacker, afirma que Cioran “nunca ofrece una salida, ni un nuevo horizonte, o incluso palabras de inspiración”1«Cioran never once offers a way out, a new horizon, or even words of inspiration.».

Sin embargo, pueden identificarse al menos dos momentos redentorios en la obra de Cioran. El primero refiere al agotamiento de la humanidad, figura a la cual se entrega fantasiosamente, sin ninguna verificación histórica o fundamentación metafísica, en franca oposición a la solidez de sus descripciones más precisas sobre la condición humana. El otro es el de los mundos animal, vegetal e incluso mineral, a los que considera como dotados de armonía y plenitud, aunque vedados para el ser humano aquejado por su conciencia lúcida.

¿Lo no-humano como salida?

Al igual que sucede con la redención por agotamiento, su apreciación del mundo animal, vegetal y mineral es limitada, breve e insuficiente, puesto que el indiscutible talento escrutador de nuestro autor no podría sino demoler rápidamente una fantasía semejante. Pensar la animalidad seriamente e instituirla como ámbito redentorio implica, necesariamente, una cuota de deshonestidad, ya que, como lo confirmó Dante en su Divina Comedia, no es difícil describir profusamente el Infierno, dado que sus escenas terroríficas surgen fácilmente por analogía con el mundo real, mientras que cualquier intento de retratar el paraíso se muestra ridículamente forzoso. Compárese si no, la dedicación, sutileza, exhaustividad y minuciosidad de Cioran en la descripción de la condición humana históricamente informada en pasajes como ‘genealogía del fanatismo’ o ‘enfoques sobre la tolerancia’, con la pobreza conceptual, fáctica y normativa de sus consideraciones sobre lo animal.

En el pasaje que nos convoca, nuestro autor afirma que fuera de lo inmediato, la salvación es imposible, y el ser humano es una criatura que lo ha perdido. Con lo cual es un animal indirecto. De esta línea se infiere, legítimamente, que la salvación está vedada para el ser humano, pero es aún posible para el resto de los animales, ya que no han perdido lo inmediato. Sin embargo, no queda claro qué clase de salvación es posible para aquel animal que habita, como asume Cioran, “un presente concreto y vivo”.

El sufrimiento no-humano en la tradición

Afortunadamente, otros filósofos pesimistas sí se han tomado el trabajo de describir la brutalidad y encarnizamiento propio del mundo animal, es decir, de su “presente concreto y vivo”. Uno de ellos es Schopenhauer:

En Java se descubrió un extenso campo cubierto por completo por huesos que se suponía había sido un campo de batalla […], sin embargo, no eran sino grandes huesos de cinco pies de largo y tres de ancho de tortugas así de grandes que habían salido del mar y tomado ese camino para poner sus huevos y que, entretanto, habían sido atacadas por perros salvajes (canis rutilans), los cuales, uniendo fuerzas, conseguían ponerlas panza arriba y desgarrarles la coraza inferior, es decir, la parte blanda del caparazón correspondiente al abdomen y así devorarlas aún vivas. Pero a menudo también caía un tigre sobre los perros. Este completo horror se repite miles y miles de veces, año tras año. No nacieron para otra cosa las tortugas. ¿Para pagar qué culpa deben sufrir semejantes tormentos? ¿Para qué toda esta escena cruel?

El mundo como voluntad y representación II, Arthur Schopenhauer

Quienquiera que desee demostrar de entrada la afirmación de que el goce supera al dolor en este mundo, o que al menos se mantienen en mutuo equilibrio, que compare la sensación que tiene el animal que devora con la del que es devorado

Parerga y paralipómena II, Arthur Schopenhauer

El filósofo y poeta italiano Giacomo Leopardi ofrece otra descripción igualmente certera, pero centrada en el mundo vegetal:

No sólo los hombres, sino el género humano, fue y será siempre infeliz de necesidad. No sólo el género humano, sino todos los animales. No sólo los animales, sino todos los demás seres a su manera. No los individuos, sino las especies, los géneros, los individuos, los sistemas, los mundos. Entrad en un jardín de plantas, de hierbas, de flores. Sea todo lo alegre que queráis. Sea en la más suave estación del año. No podréis dirigir la mirada a ninguna parte sin encontrar sufrimiento. Toda aquella familia de vegetales está en estado de souffrance, unos individuos más, otros menos. Allá, aquella rosa es ofendida por el sol, que le ha dado la vida; se repliega, languidece, se marchita. Allá, aquel lirio es succionado cruelmente por una abeja en sus partes más sensibles, más vitales.

Zibaldone, Giacomo Leopardi

La concepción de Cioran

A diferencia de estos análisis tan minuciosos y exhaustivos sobre lo animal y vegetal, Cioran solo ofrece consideraciones vagas, superfluas, o simplemente erróneas al respecto:

Los animales, que viven todos de sus propios esfuerzos, no conocen la miseria, pues ignoran la jerarquía y la explotación. Este fenómeno aparece sólo con el hombre, el único animal que ha esclavizado a sus semejantes.

Sobre la miseria, en En las cimas de la desesperación, Emil Cioran

Es evidente que Cioran no conoce las complejas jerarquías por las que se ordenan los grupos de chimpancés; o cómo las hienas son explotadas al ser privadas del 20% de las presas que cazan por otros animales más grandes; o los leones, una vez muerto el jefe de la manada, matan a las crías de éste para que las leonas vuelvan a estar en celo; así como los delfines matan y violan a sus semejantes por mero placer.

La ceguera de Cioran en este punto solo es explicable por las características propias del elemento redentorio. Éste no puede ser demasiado descriptivo, a riesgo de perder su función principal, que es, en el caso de nuestro autor, la consolación. El ser humano no puede liberarse de los padecimientos de su conciencia hiperactiva e hipersevera, pero puede hallar cierto sosiego en la contemplación de un mundo al que, aun siendo radicalmente diferente del suyo, se le permite acceder parcialmente mediante la percepción y reflexión. Percepción y reflexión muy limitadas por cierto, a riesgo de perder su eficacia. Cioran insiste:

Estándonos prohibido el encanto de la existencia irreflexiva, de la existencia como tal, no podemos tolerar que otros la gocen. Desertores de la inocencia, nos cebamos en quienes permanecen aún en ella, en los seres que, indiferentes a nuestra aventura, descansan en un torpor bendito.

Desgarradura, Emil Cioran

Las plantas y los animales llevan en sí mismos los signos de su salvación, igual que el hombre los de su perdición.

Desgarradura, Emil Cioran

Cioran asume que la principal fuente del sufrimiento del ser humano corresponde a la exasperación de su conciencia, que el animal ignora –siendo ese su mayor privilegio-, pero a su vez omite deliberadamente mencionar los tormentos físicos a los cuales los animales se someten unos a otros constantemente. Por eso los primeros estarían irremediablemente condenados, mientras que los segundos todavía podrían “salvarse”. Pero basta con introducir reflexiones y descripciones como las mencionadas de Schopenhauer y Leopardi, o cualquier video-documental que capture la vida animal en su hábitat, para volver ineludible la información que Cioran deja a un lado, y leer sus planteos sobre lo animal como absurdos. Los animales no padecen los tormentos de una conciencia lúcida, es cierto. Pero sí sufren la necesidad constante de procurarse alimento y evitar ser aniquilados por sus semejantes. (Ver por ejemplo esto).

El pesimismo como obstrucción

Dicho esto, parece necesario insistir en esta pregunta: ¿Por qué a los pesimistas les obsesionan tanto los elementos redentorios presentes en la literatura o filosofía? Este interrogante nos lleva a una definición un poco más sutil de pesimismo, propuesta por el filósofo argentino Julio Cabrera. Él afirma que no toda obra que muestra “el lado sombrío de la vida” (sea lo que esto fuere), debe ser considerada, solo por eso, como pesimista, así como no toda obra que muestre “el lado claro de la vida”, debe ser considerado optimista.

Un libro sombrío como “La genealogía de la moral” de Nietzsche, no podría ser calificado como pesimista, por ejemplo. Esto sucede porque el núcleo del pesimismo no reside en mostrar lo sombrío o en hacer ver la relatividad y carácter problemático de los valores, sino en lo que se puede llamar el “cierre” o la obstrucción de salidas. El optimismo de Nietzsche comienza cuando el mundo brutal que presenta en su genealogía da lugar al advenimiento del superhombre, mientras que el pesimismo cioraniano reside en su caracterización del ser humano como “sin salidas”, atrapado entre la esterilidad de su conciencia lúcida y la locura generadora de doctrinas y farsas sangrientas. Es con esta caracterización del pesimismo que cobra sentido el elogio de Thacker a Cioran, que “nunca ofrece una salida, ni un nuevo horizonte, o incluso palabras de inspiración”.

Los elementos redentorios molestan porque suspenden el pesimismo; representan la tentación, la debilidad, o la incapacidad de los autores de soportar la imagen honesta y verosímil del mundo que tuvieron el valor de crear. No configuran sino el momento de fuga de una atmosfera que se les revela, por momentos, irrespirable. Más allá de estos tropiezos, pero sin dejar de señalar sus faltas, sus errores, los perdonamos. Somos compasivos con ellos, porque, como me dijo alguien una vez, “el mundo es ya demasiado horrible como para encima ser pesimista”.

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