Cinco tesis maradonianas

Por Santiago Trinchero

Maradona

I

La antropología popularizó el concepto de fetiche en el vocabulario occidental. Lo usaron, entre otras cosas, para explicar cómo los llamados “primitivos”, incapaces de pensamiento abstracto, debían colocar al Tótem y/o a la efigie como depositario directo (como prueba) de la presencia de la divinidad entera.

Por estas horas, pareciera que el Maradona-fetiche de los bárbaros contemporáneos es el objeto que hay que arrancar del terreno de la falsa conciencia, de las sombras nebulosas de la Caverna de Platón.

También podemos agarrar a Fanon para decir que arrancar al Maradona-fetiche de los templos de los bárbaros para hacer polvo con sus huesos y fertilizar los campos de Southampton (destino ignominioso de millones de momias egipcias ricas tanto en historia como en nitrógeno) es un acto de descolonización mental. Están cumpliendo, entonces, una tarea civilizatoria, sarmientina, de esclarecimiento o iluminación. Por eso hoy trabaja en horas extras el femistómetro. «Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo», razonan.

Pero ese acto liberador (de los demás), coloca a sus impulsores precisamente fuera del proceso de colonización. Ellos no, por favor, ya lo han superado. Pero la realidad es que pocos se bancarían el escalpelo en el pecho cuando la incisión abra las heridas de sus propias miserias, las patriarcales y las derivadas de consumos problemáticos de alguna sustancia. El problema siempre está en el otro, en los ídolos del otro.

Quienes durante más de treinta años han sostenido una política persistente de privatización del espacio público, “liquidando las condiciones materiales” para el nacimiento de un nuevo Maradona, hoy se rasgan las vestiduras y lloran la muerte del compañero o camarada Maradona.

Cinco tesis maradonianas, por Santiago Trinchero

No cabe en la cabeza de nuestros antropólogos ad hoc que el sujeto que hoy ganó las calles vistiendo una remera con un diez estampado sea capaz admirar algo más que lo que ven ellos (un machista y falopero que jugaba bien a la pelota, dirán con lombrosiana satisfacción, señalando al “negro de alma” escondido atrás del mito), que puedan abstraer, separar, sopesar, juzgar, e igual sentir como sienten la muerte de una leyenda.

II

El segundo trazo que cierra el uroboro 1¿Se está comiendo la cola la serpiente o se está felando la cloaca? Los alquimistas persas, muertos hace siglos, callan el secreto. es el que se para en la vereda opuesta al de los antropólogos ad hoc y que llamaremos de la beatificación: quienes durante más de treinta años han sostenido una política persistente de privatización del espacio público, que han liquidado los potreros por las torres y los countrys, de alguna manera, “liquidando las condiciones materiales” para el nacimiento de un nuevo Maradona (¿Guernica?) hoy se rasgan las vestiduras y lloran la muerte del compañero o camarada Maradona.

Los beatificadores y los antropólogos se destrozan a tuitazos en una guerra sin cuartel ante la sana indiferencia de una mayoría silenciosa que no le interesa la petite politique de las elites ilustradas (lustradas, es decir, que reflejan una luz, no que la generan) que disputan un cadáver para ver si lo quemamos o le ponemos Maradona a la nueva formula del cálculo de jubilaciones o al nuevo subtrenmetrocleta. Un trámite funerario, que afila el cuchillo esperando la sucesión de bienes simbólicos. No habita en ese debate una colisión de cosmovisiones, sino una operación codependiente de la una y con la otra. El famoso diálogo de sordos.  Lo bueno, lo bello, lo correcto, soy yo. «No», responden del otro lado de las trincheras: «lo bueno, lo bello, lo correcto somos nosotros (así como estamos)». Poco importa, para el beatificador, que tal vez la muerte de Maradona también grafique la muerte del sueño de la movilidad social ascendente, de la devaluación tácita del “m’ hijo el dotor”, por el menos ambicioso y conurbano “mi hijo el licenciado en gestión funeraria”. Sin ánimos de ofender a los licenciados de gestión funeraria, estamos ante una capitulación.

III

Ni reír ni llorar, sino entender, decía Spinoza hace casi 4 siglos. Pero después llegó Marx y demostró que se podía entender y también reír y llorar. Y sobre todo que llorar o reír o fundirse con las emociones de un país conmovido hasta la médula no significa una rendición incondicional ni al patriarcado, ni al nacionalismo, ni a la mar en coche. Significa solamente otro testimonio de nuestra propia humanidad y la de los ídolos paganos que habitaban mucho más que el espacio cúbico del fetiche. Sartre dice en algún lado que nos define la mirada del otro, por eso el Infierno es una habitación sin espejos. Pocos hombres en la historia han sido mirados tanto como Diego Armando Maradona. Es normal que haya tantas opiniones, y que el hombre y la leyenda se suelden de tal manera que incluso cuando los separamos nos queda un gusto raro en la boca al masticarlo. Más que un significante vacío, estamos ante un significante al que le corresponden todos los significados.

Poco importa, para el beatificador, que tal vez la muerte de Maradona también grafique la muerte del sueño de la movilidad social ascendente.

Cinco tesis maradonianas, por Santiago Trinchero

IV

Si les sirve de consuelo, entonces, que Maradona sea el Garcin de aquella habitación infernal donde habrá dos mujeres que no sepan absolutamente nada de futbol, pero recuerden al dedillo cada agachada donde Diego Maradona cometió el pecado imperdonable. El de ser un Aquiles que sobrevive al saqueo de Troya, y al que sus mirmidones tiran por la borda cuando se enteran de que intentó violar a Troilo y que eso opaca, para siempre, su inmortal victoria sobre Héctor.

Los beatificadores, por el contrario, podrán imaginar un paraíso donde se abrace con Fidel Castro y Néstor Kirchner. Se le agradecerán los servicios prestados a la felicidad del pueblo, esa abstracción que para ellos tiene olor a mate cocido. Y cada año lo recordaremos con salvas de cañones y tomatinas en este mundo donde la felicidad es un pedazo de carne asada los domingos o un aguinaldo (cada vez menos) y donde estas reflexiones no calarían. Porque en el fondo, ontológicamente hablando, estos negritos de alma que ahora se insolan haciendo una cola que ya llega a la Avenida San Juan tampoco están maduros todavía para conmoverse con la filosofía. Mejor que corran atrás de una pelota. El uroboro, una vez más, cerrando el círculo de dos concepciones del mundo que en realidad son la misma.

V

Yo, como marxista (marxista de derecha me han dicho, y no niego que me haya gustado el insulto) me quedo con los 5 compañeros que tuve en la primaria que se llamaban Diego Armando porque nacimos en el 86/87 (los cosacos llamaron a Lenin el gran Atamán, señor de las tribus). En los goles que gritaron los veteranos de Malvinas como vindicación del terror en sus trincheras, y los que cuentan que esa noche durmieron sin escuchar obuses ni gritos ni explosiones. En el del Napoli, el que puteaba a la FIFA,  el de la alegría gratuita en un mundo que cada vez se privatiza más, y en el que hoy es sentido común alquilar una cancha para jugar a lo que fuera el deporte más democrático y barato sobre la tierra. Si piensan que eso es natural, inventen una máquina del tiempo y traten de hacérselo entender a ustedes mismos cuando eran chicos. El del relato de Víctor Hugo. Con ellos lloro, a la sombra del áureo árbol de la vida.


Santiago Trinchero nació en 1986. Es militante del PTS en el Frente de Izquierda.

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